Cuestión de sexo y género…

Valentín Barrantes López

Socio fundador y director general de estrategia

Hoy vengo a tratar de arrojar un poco de luz ante el polémico asunto del posible uso sexista del lenguaje del que en los últimos años se viene haciendo eco la sociedad. Sin duda, la cuestión relativa al uso de sexo y género en el lenguaje suscita diversas opiniones y abre fácilmente el debate en cualquier reunión de escritores, traductores profesionales, periodistas o hablantes de a pie. Escribo estas palabras sin pretensiones didácticas ni formales, simplemente con fines esclarecedores y desde mi punto de vista, si bien espero que los argumentos puedan servirle al lector a la hora de construir su opinión al respecto.

Los términos género y sexo, de forma genérica, nos sirven para designar realidades diferentes. A grandes rasgos, el género hace referencia a la categoría gramatical de las palabras de nuestro vocabulario y el sexo nos indica la condición de los seres vivos por la cual se establece la distinción entre machos y hembras.

Si se observa desde el punto de vista de la sociología, el vocablo género tiene el significado de «categoría sociocultural que implica diferencias o desigualdades de índole social, económica, política, laboral, etc.», un sentido que resulta útil y necesario en dicha disciplina. Es impropio pues el uso de género sin este sentido específico, como mero sinónimo de sexo, en contextos tales como «se trata de una enfermedad exclusiva del género masculino difícil de erradicar»; aquí se habla de la condición biológica y no social, por ello en este caso se debiera haber usado «del sexo masculino». Es correcto en tal caso emplear términos como violencia de género, o identidad de género, si bien se recomienda restringir su uso a los estudios sociológicos.

Si repasamos los géneros y la realidad que designan en nuestra lengua, vemos que la relación entre sexo y género solo se establece en principio en aquellas realidades en las que la sexualidad representa una característica esencial. Las palabras que nos sirven para determinar estas realidades son limitadas y constituyen únicamente una parte de nuestro vocabulario. Además, entre ellas se establecen diferentes relaciones, a saber:

  1. Casos en los que el género gramatical y el sexo coinciden.
  2. Nombres genéricos (para ambos sexos) con forma masculina (individuo, cocodrilo) o femenina (persona, jirafa).
  3. Nombres de género femenino que aluden a masculino (Santidad) y viceversa.

Todos los sustantivos de nuestra lengua, sin embargo, poseen género y la mayor parte no alude a una realidad sexual. Es decir, no se le pueden otorgar rasgos masculinos a sustantivos como libro, marco o plátano, ni tampoco podemos ver rasgos femeninos en sustantivos como cama, sombra o paella. Incluso dentro de la variación lingüística, si se produce variación de género gramatical, no tiene por qué ser necesariamente por diferencias de sexo, sino por otros motivos tales como el tamaño (barca – barco) o la relación del árbol y su fruto (naranja –  naranjo), por citar algunos ejemplos.

Uno de los errores principales se deriva del hecho de atribuirle erróneamente al género gramatical la cualidad de marcar el sexo, cuestión que no es procedente y que se debe a diversas razones que han determinado la interpretación de que el género gramatical, femenino y masculino, guarda relación con el sexo biológico, macho y hembra. Quizás el desconocimiento del hablante de la verdadera estructura del género gramatical junto con una rápida y descontrolada proliferación de información en los últimos tiempos sean en gran medida responsables.

Cuando un sustantivo designa seres animados, lo habitual es que exista una forma específica para cada género gramatical en línea con la distinción biológica de sexos; no obstante, hay muchos casos en los que hay una forma única, válida para referirse a seres de uno u otro sexo, son los «sustantivos comunes en cuanto al género». Cuando el referente del sustantivo es inanimado, lo habitual es que sea solo masculino (marco, ocaso) o solo femenino (cama, casa), aunque existe un grupo de sustantivos que poseen ambos géneros, los llamados «sustantivos ambiguos en cuanto al género». Conforme a esta clasificación propuesta por el Diccionario Panhispánico de Dudas, tenemos esta distinción:

  1. Sustantivos comunes en cuanto al género: son los que, designando seres animados, tienen una sola forma, la misma para los dos géneros gramaticales. En cada enunciado concreto, el género del sustantivo, que se corresponde con el sexo del referente, lo señalan los determinantes y adjetivos con variación genérica: el/la pianista; ese/esa psiquiatra; un buen/una buena profesional.
  1. Sustantivos epicenos: son los que, designando seres animados, tienen una forma única, a la que corresponde un solo género gramatical, para referirse, indistintamente, a individuos de uno u otro sexo. En este caso, el género gramatical es independiente del sexo del referente. Hay epicenos masculinos (personaje, vástago) y epicenos femeninos (persona, víctima).
  2. Sustantivos ambiguos en cuanto al género: son los que, designando normalmente seres inanimados, admiten su uso en uno u otro género, sin que ello implique cambios de significado: el/la armazón, el/la mar, el/la vodka.

Por lo que respecta al uso del masculino para hacer referencia a seres de ambos sexos, en los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: El hombre es el único animal racional. Consecuentemente, los nombres apelativos masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a seres de uno y otro sexo: Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales (de la referencia no quedan excluidas las mujeres). Con la expresión «los alumnos» podemos referirnos a un colectivo formado exclusivamente por alumnos varones, pero también a un colectivo formado por chicos y chicas. No obstante, por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, en los últimos tiempos se va extendiendo la costumbre de hacer explícita en estos casos la alusión a ambos sexos: Decidió ayudar a sus compañeros y compañeras. Se pasa por alto o se desconoce que la lengua tiene prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley de la economía del lenguaje.

Las reivindicaciones que pretenden evitar la supuesta discriminación lingüística, unidas a la necesidad de aligerar la sobrecarga provocada por tales repeticiones en el discurso, ha dado lugar al nacimiento de soluciones artificiosas que contravienen la norma gramatical, tales como las y los ciudadanos. Incluso, esta necesidad ha llevado al nacimiento y uso de recursos gráficos como la arroba (@) que permitan integrar la forma masculina y femenina a la vez. Cabe tener en cuenta que la arroba no es un signo lingüístico como tal, de modo que su uso en estos casos no es admisible desde la perspectiva normativa.

Se puede concluir pues que esta clase de desdoblamientos «son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico». En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas, como hemos visto. No debemos olvidar que, además, estas repeticiones provocan dificultades sintácticas y de concordancia que complican innecesariamente la redacción y lectura, por lo cual es recomendable huir de ellas.

Por otra parte, el uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por este motivo, no es correcto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto.

Si vemos esta cuestión desde un punto de vista social, existen aquellos que defienden que los mecanismos lingüísticos deben contribuir a hacer más igualitario el lenguaje con respecto a la mujer y aquellos que consideran que se deben tener en cuenta por encima de todo los mecanismos que ya existen en la lengua para estos fines.

Aunque la postura que defiende un mayor uso del femenino en el lenguaje tiene su lógica, creo que esta guarda más relación con los aspectos socioculturales que puramente lingüísticos. No debemos olvidar que la evolución de las lenguas es lenta por diversos motivos y forzar determinadas propuestas o cambios sin la madurez adecuada puede tener consecuencias no deseadas. La lengua se va adaptando y modificando a las nuevas realidades dentro de un orden natural, que debe respetar el uso y la normativa heredada, que exige movimientos meditados y progresivos. Cualquier cambio en la norma lingüística no solo tiene una gran influencia en todos los hablantes, sino también en todo lo relacionado con la enseñanza, así como en aquellas profesiones que están directamente relacionadas con el uso del lenguaje, tales como el periodismo o la traducción. Estas cuestiones no se pueden tomar a la ligera y exigen una verdadera reflexión, con todos los argumentos sobre la mesa, por parte de la sociedad y de aquellos encargados de velar por el respeto a la norma lingüística.

Aunque es una cuestión que da para un largo debate, espero que estas pinceladas contribuyan a tener más claros algunos aspectos desde el punto de vista lingüístico.

¡Hasta la próxima!

Nota: para la redacción de este artículo me he basado en varias referencias, principalmente en lo dispuesto por el Diccionario Panhispánico de Dudas, del cual se han extraído algunos fragmentos y ejemplos por ser los más aclaratorios.