Traduzco, luego escribo

Por Valentín Barrantes, Director de Recursos Humanos en Nóvalo

Hay unos cuantos temas que luchan por salir a la palestra virtual y desaparecer de la lista de ideas que tengo preparada para este blog, sin embargo, esta semana no me apetece hablar de ninguno de ellos en particular. Quizás sea porque la mayoría tienen tintes didácticos, o persiguen el objetivo de que otros aprendan de lo que expreso, pero hoy lo cierto es que no me apetece enseñarle nada a nadie, ni sacar hacia afuera conocimientos sobre nuestro apasionante mundo laboral. Hoy solamente tengo ganas de escribir, por el placer de hacerlo, de modo que me he puesto manos a la obra…primero la mente en blanco y después a teclear al dictado de la primera idea espontánea que surja.

Pienso ante todo que este blog, tal como se ha concebido, debe ser un lugar donde compartir conocimientos u opiniones sobre nuestro sector, pero no solamente eso, creo que también debemos ampliar su alcance, para abarcar otras áreas de conocimiento o usarlo adecuadamente para expresar ideas de otra naturaleza. No sé si me explico. Me refiero a escribir también sobre otra clase de cuestiones, sencillas o complejas…se me vienen a la cabeza reflexiones como el compañerismo, la empatía con los clientes, cómo nos afectan los cambios sociales, cómo nos sentimos al formar parte de una empresa, qué nos gusta más de nuestro trabajo y un largo etcétera. Impresiones que tengamos sobre diversos aspectos de la vida y el trabajo, sin que para ello tengamos que ser expertos en la materia.

Hasta la fecha, en Depende del contexto se han parido diecinueve artículos, sobre temas muy diferentes, con mayores o menores dosis de conocimiento u opinión, en función de la decisión de cada autor. Creo que vamos por muy buen camino. A mí todos me han resultado interesantes y estimulantes por algún motivo y me siento orgulloso de la dirección que va tomando el blog como parte implicada en su crecimiento.

Ahora mismo se me viene a la cabeza, sin ánimo de parecer inconexo, uno de los últimos desayunos que compartí con mis compañeros de la oficina principal de Nóvalo. Alguien sacó la conversación sobre el blog y unos y otros empezamos a hablar de las ganas que tenían, algunos, de escribir y de lo complicado que les resultaba, a otros, elegir un tema interesante. Ahora que me paro a pensar en ello, siempre he sido una persona que no le ha tenido ningún miedo al «papel en blanco». Siempre me ha estimulado ponerme delante de un folio vacío, o delante de la pantalla con un archivo por estrenar como hacemos ahora en la era tecnológica, y empezar a plasmar ideas sobre un tema para luego enlazarlas, o directamente darle forma a las ideas sobre la marcha. Disfrutaba de esta posibilidad desde que redactaba trabajos en el colegio o en la universidad, hasta cuando les escribía cartas a mis amigos, preparaba clases o charlas, o simplemente anotaba ideas para hablar ante algún grupo de personas. Algunos se sorprendían o no entendían que me resultase tan sencillo o me pudiese gustar tanto redactar y crear cosas desde cero, sin interés alguno además en fijarme en lo que otros pudiesen haber escrito para inspirarme. No quiere decir esto que todo lo que uno produzca sea genial o brillante, todo depende, y unas veces uno es capaz de reflejar las ideas con mayor fluidez y belleza, pero lo importante es lanzarse a hacerlo, sin miedos ni complejos. Cuando uno ama y convive día a día con las palabras, muchos dirán que lo tiene mucho más fácil, y puede que así sea, porque la práctica sin duda ayuda, pero pienso que en el proceso intervienen otros factores que están más vinculados a las aptitudes de cada persona y «un mucho» también a la pasión por escribir.

Numerosas personas con las que he hablado a lo largo de mi vida sobre este asunto me han transmitido un cierto miedo a enfrentarse a un papel en blanco y me han manifestado una sana envidia ante la facilidad que tengo a la hora de ponerme a escribir, porque a ellos, por el contrario, la tarea les suele costar mucho trabajo o les produce incluso angustia. Esta es la idea que me ronda ahora mismo la cabeza… ¿Cuáles son los mecanismos de nuestra mente que hacen que plasmar ideas por escrito sea más sencillo para unos que para otros? ¿Qué hace falta para superar ese respeto al papel en blanco? ¿Hay realmente unas pautas que funcionen y que nos ayuden a realizar esta tarea con gusto y sin temores? Como muchas otras cosas en esta vida, pienso que en parte es cuestión de aprender y practicar, pero en esto de escribir, y de traducir, creo que tiene que haber una gran dosis de predisposición por parte de cada uno y, como he dicho antes, pasión.

Si enlazo esta reflexión a la actividad traductora, creo que uno de los motivos por los que más amo mi profesión es porque me brinda la oportunidad cada día de poder «recrear» en otra lengua lo que alguien ha escrito. Me gusta escribir y crear a partir de las ideas que tengo, pero también me gusta mucho traducir porque cada día puedo escribir sin la necesidad de partir de ideas propias. Adoro la escritura, tanto desde el punto de vista del contenido como de la forma, pero he de confesar que soy un enamorado de la maestría en las formas. Cuando leo un libro y me percato de que no comulgo con la forma de escribir del autor, no me llena o contiene errores me cuesta seguir leyendo…que el contenido sea más o menos brillante puede hacer que termine el libro, pero lo primero siempre suele disuadirme. De modo que traducir me permite enfrentarme, digamos, a un folio en blanco partiendo de una base con la que trabajar…y encima tengo por delante el reto de respetar la fidelidad al autor a la vez que de utilizar las armas lingüísticas adecuadas para conseguir el mejor resultado posible. Es un desafío mágico. Tanto si se trata de un manual de instrucciones como de un artículo de opinión de mi periodista favorito, traducir es un placer. Siempre. Es todo cuestión de enfoque.

Me gusta escribir por encima de todo, me estimula el desafío de crear partiendo desde cero y disfruto enormemente, por lo tanto, al traducir un texto de una lengua a otra…quizás esa sea la clave, y esa pasión la culpable de que nunca me haya dado miedo enfrentarme a un folio en blanco. Apuesto a que sí…no sé vosotros. Por otra parte, pienso que, al fin y al cabo, para brillar con lo que uno escribe o traduce, como en muchas otras cosas de la vida, hace falta tener arte y oficio, pero eso es otro cantar y podremos hablar de ello en otro momento.