Relato: una tarde cualquiera en Babel

Por Mónica Vega, Gestora de proyectos

Mi nombre es Tarug y el motivo de que me encuentre entre rejas en este preciso instante es absolutamente fortuito. Desconozco qué designios divinos llevaron a la confusión general que se produjo durante la construcción del zigurat Etemenanki pero casi seguro que detrás de todo esto está la mano de Tiamat.

El octavo mes de construcción, por un motivo que todo el mundo desconoce, el pueblo empezó a hablar de mil formas diferentes. Todo el pueblo excepto una única persona, yo.

También desconozco qué oscuro destino me colocó en esta posición tan complicada. Podía entender sin problemas a todo el mundo, sin embargo, era plenamente consciente de las diferencias que impedían que los demás fuesen capaces de comunicarse entre sí. Esta maldición alteró por completo las relaciones entre la gente hasta tal punto que, lo que antes eran simples saludos, ahora se traducían en una forma extraña de insulto.

Por ejemplo, el primer día del desastre ya muchos respondían a un saludo de buenos días con un «ashí te pudhr’as». Las reacciones iniciales ante estas respuestas conllevaban actos violentos que, sin ningún sentido aparente, llevaban a hermanos y amigos a la más indeseada confrontación. Cuando la mente se interpone entre los corazones sinceros y usa palabras equivocadas, el caos está garantizado.

En efecto, el caos que siguió a estos primeros signos fue monumental. Los más jóvenes —siempre más cercanos a la risa que los mayores— se entretenían insultándose unos a otros para escuchar sus absurdas respuestas. Expresiones del tipo «hola macaco» recibían respuestas similares a «la paz sea con tus muertos».

Lo cierto es que por una parte no podía abstraerme de la comicidad de estas situaciones pero, por otra, algo en mi interior me decía que todo aquello no podía acabar bien.

Mi papel en esta historia es bastante extraño. No me veía como un elegido de los dioses. Hubo un momento en que pensé que parte de mi destino consistiría en ayudar a que todos se pudiesen entender. Quizás hubiera sido así si mi capacidad de entender al prójimo no hubiese sido del 80 %. A veces creo que más que la excepción del conjunto, mi función era la de guinda de un absurdo y patético pastel.

Intentaré contar en estas breves líneas lo que me trajo hasta aquí. Conocedor de esta aparente habilidad para comprender todas las lenguas, me presenté ante la más alta autoridad de la ciudad para explicarle mi repentina capacidad de entender lo que los demás ciudadanos hablaban y ofrecerme como intérprete para contribuir a evitar los disturbios que se iniciaban desde bien entrada la mañana.

Conmovidos por la realidad de la situación y los detalles de mi observación, me concedieron un cargo de vital importancia para aportar armonía a la situación. Me nombraron Traductor oficial del proyecto Etemenanki, labor en la que estaba involucrada toda la ciudad. Era una empresa tan colosal que algunos llegaron a pensar que la confusión de lenguas que se produjo repentinamente no era más que una maldición de los dioses por la osadía de pretender elevarnos tanto.

Mi primera intervención como intérprete fue cuanto menos desafortunada. El jefe de obra me pidió que les dijese a los transportistas y operarios que subieran a la última planta todos los azulejos esmaltados azules. Mi comprensión fue un poco distinta y les dije que debían «subir todos los azulejos, atontados gandules». Esto no gustó nada a los transportistas que decidieron no mover un solo ladrillo hasta que aquel insulto no se aclarase. En esta ocasión, no entendía por qué se sentían insultados cuando la frase era perfectamente comprensible. El jefe de obra se enfadó tanto por aquella huelga repentina que solicitó la intervención de la guardia para obligarles a cumplir con su trabajo. Al hablar con los guardias, les traduje así lo que el jefe de obra me dijo: «quiero que obliguéis a los operarios a trabajar inmediatamente». Los guardias entendieron algo como «quiero que obliguéis a los operarios a descansar indefinidamente». Cuando estos preguntaron «¿qué clase de orden es esta?», yo transmití al jefe de obra estas palabras con algunas leves modificaciones que no recuerdo exactamente, pero que pudieron sonar a: «su caca de orden apesta».

El jefe de obra, visiblemente irritado, fue corriendo a hablar con el director del proyecto. Yo le seguí como pude porque, a veces, la ira da alas a los conejos, que vuelan más que corren. No sé si por el cansancio de la carrera o por este 20 % de entendimiento que los dioses me negaron, mi primera traducción de las palabras del jefe de obra distó mucho de sus verdaderas intenciones. Su primera frase fue en realidad: «tenemos un motín en la obra, nadie quiere trabajar»; lo que yo traduje, no sin dudas, por «tenemos que parar la obra, se puede resquebrajar». Nunca pensé que tan pocas palabras equivocadas pudiesen albergar tal desastre, esto me hizo ser consciente de mi gran responsabilidad.

Cuando el director del proyecto visitó la construcción con el jefe de obra, no vio por ninguna parte indicios de catástrofe, así que lo mandó azotar por su intento de boicotear el proyecto. Al ver los operarios y transportistas que el jefe de obra era azotado pensaron que el director había hecho justicia ante el insulto que este les profirió. Con la intención de transmitirle su agradecimiento, el grupo de operarios nombró a un vocal. Este utilizó las palabras menos apropiadas para transmitir su gratitud, sentimiento que por supuesto yo traduje en mi habitual proporción de acierto. El director no entendió bien su agradecimiento acompañado de palabras del tipo «nos acordaremos siempre de su caspa». Pero consciente de la posibilidad de que las palabras no fuesen exactas, les ordenó acompañarle a la parte más alta de la torre para probar su solidez.

Conseguí traducir al 100 % estas palabras y más de dos mil subieron a la última planta. La construcción parecía estable, no se resquebrajaba por ninguna parte. El director me ordenó comunicar a los guardias que dejasen de azotar al jefe de obra y que lo llevasen a su presencia para constatar la solidez de lo construido.

Al bajar y avisar de esto a los guardias, escuché una voz desde lo alto que decía: «subid, subid» lo cual traduje como «pedid, pedid». Y el jefe de obra gritó exaltado: «saltad desde lo alto, maldito bastardo», dirigiéndose al director. Palabras que traduje como «dad todos un salto para celebrarlo», cosa que hicieron los dos mil insensatos sin pensárselo dos veces. Y la torre se derrumbó hasta sus cimientos.

Nos quedamos boquiabiertos. No sobrevivió ni uno. Los guardias me apresaron de inmediato y aquí estoy a la espera del juicio. Sabiendo que mi vida pende de una certera interpretación, ya no sé si traducir aproximadamente sea don o maldición.