Estados de ánimo del traductor

Por Vanessa García, Traductora y Revisora de Nóvalo

Estados de ánimo

Hace un tiempo, uno de mis contactos de FB publicó esta simpática viñeta que, aparte de lo graciosa que pueda resultar, a mí, en concreto, me causó una gran impresión por lo elocuente y lo precisa en tanto que síntesis de los estados de ánimo de un traductor. Yo, además, añadiría «autónomo». Resulta curioso, por un lado, darse cuenta de lo reflejado que puede uno llegar a sentirse en ella, y reconfortante, por otro, percatarse que no eres el único y saberse comprendido.

No dudo de que los traductores que trabajan en equipo o por cuenta ajena en un Departamento de Traducción de una empresa, que por lo general será grande, porque las pequeñas no cuentan con departamentos específicos dedicados a la traducción (por suerte, porque para eso estamos los traductores autónomos), puedan sentirse también identificados con esta viñeta porque en algún momento, al cabo de su vida laboral, hayan experimentado estas sensaciones. Pero por lo general, en un departamento trabajas con compañeros, traductores o no, y estas sensaciones son más fáciles de superar sabiéndose en equipo. Porque muchas veces lo único que se necesita es una palabra de aliento y de ánimo acompañada de un café entre colegas.

Por eso creo que los que realmente estamos descritos en estos once dibujos somos los traductores autónomos (de hecho, me atrevería a decir que ha sido un traductor autónomo muy dotado para el diseño y la ilustración quien ha creado este decálogo de estados de ánimo). Porque cuando uno está solo y le sobrevienen estos estados de ánimo, es en uno mismo donde tiene que encontrar la fuerza para dominarlos y utilizarlos en su favor. Y he de decir, con el aval que proporciona la experiencia, que se consigue.

Al cabo del día, e iría aún más lejos, casi al cabo de cada proyecto, un traductor autónomo puede pasar por todos o casi todos esos estados. Y digo de cada proyecto porque, tanto si son diferentes como similares, enfrentarse a una traducción nueva siempre produce un compendio de sensaciones (gestionadas mecánicamente por efecto del tiempo y de la experiencia acumulada), a veces positivas (con lo que no hay problema) y otras, no tanto. Pero el caso es que sea como sea, al traductor no le queda más alternativa que saber reconocerlas, serenarse, sobreponerse a ellas y canalizarlas siempre en energía positiva para sacar adelante la traducción que te las ha inspirado.

Al principio, cuando te ves asediado por alguna de ellas o todas, puedes llegar a bloquearte físicamente, quedarte en blanco, convencerte de que has olvidado el idioma extranjero y el propio y hasta pensar que lo tuyo no es la traducción. A medida que pasan el tiempo, los proyectos y los clientes y vas acumulando experiencia, vas aprendiendo también a gestionar todas estas sensaciones y, es más, a saber utilizarlas como punto de apoyo para la creatividad, la inspiración y la superación del miedo escénico. Verte enfrentado a la «falta de confianza», a la «contrariedad», a la «frustración» o incluso al «terror» y darte cuenta de que pueden tornarse en «entusiasmo», «amor a uno mismo» o «excitación», si bien no va a evitar que esas sensaciones vuelvan a aparecer, sí sirve para comprender que no hay que hacerles demasiado caso y que si anteriormente las hemos superado, podemos volver a hacerlo. ¿Cómo?, y aquí va mi humilde consejo como profesional y sufridora de estos estados de ánimo, pues respirando hondo varias veces para recuperar la compostura y abordando el proyecto con serenidad y paso a paso. Lo principal es conseguir disipar la sensación de agobio, deshacerse de ella. Para eso sirve la respiración. Una vez recuperada la calma, hay que ser consciente de la capacidad propia para organizarse el tiempo, conocer nuestros límites y tratar de elaborar un plan de trabajo que se ajuste a ellos. Y una vez elaborado, cumplirlo lo más rigurosamente posible, para evitar que la acumulación de tarea se convierta en un nuevo motivo de agobio.

Como obviamente la traducción sí es lo nuestro y ni el idioma extranjero ni el nuestro se nos han olvidado, en cuanto empezamos a trabajar y avanzamos en la tarea, vamos recuperando también la confianza en nosotros mismos, la seguridad en nuestra capacidad para afrontar el proyecto y el entusiasmo por nuestra profesión. Es cierto que unas veces cuesta más que otras y que, sin duda alguna, la relación entre la inseguridad y el tiempo que nos lleva vencerla es directamente proporcional a las veces a las que nos hemos enfrentado a ella. Pero se consigue. Entre otras cosas, porque no queda más remedio, es inevitable y cuando solo hay un camino, la única alternativa es andarlo.

Y llegará un nuevo proyecto y volveremos a sentirnos bloqueados, inseguros, frustrados o incluso desconsolados pero como ese camino ya lo habremos andado, habremos adquirido las herramientas y los recursos para recorrerlo con éxito. Y cuando hablo de herramientas, digo abstractas o psicológicas, y concretas: recursos en red, compañeros al alcance de una llamada o un correo e, anteriores proyectos que sirvan de referencia o consulta… dejo tres puntos suspensivos en señal de puerta abierta a la imaginación que, en estos casos, suele resultar muy útil y aportar soluciones de lo más variadas. Todo lo dicho podrían parecer divagaciones, directrices poco definidas o respuestas fáciles. En realidad, cualquiera que haya pasado por las variaciones de estados de ánimo descritas en la viñeta, habrá tenido que aplicar, si no los mismos, sí parecidos recursos para recuperar la estabilidad y el equilibrio necesarios para trabajar. Cada uno desarrolla sus propias maneras pero lo esencial es aprender de la experiencia, saber que los gusanos del estómago desaparecen a golpe de teclado, a medida que la pantalla del ordenador va llenándose de caracteres que proceden de nuestras manos, de nuestra mente y, en el fondo, de nuestra «falta de confianza», nuestra «frustración» y nuestro «horror» superados.