Creadores o recreadores

De nuevo me siento frente a la hoja en blanco de Word para tratar de escribir algo que pueda despertar interés en mis colegas traductores o incluso, si pudiera ser, en alguno de esos otros blogueros o navegantes, traductores o no, que, a su vez, disfrutan paseando por otros blogs. En busca de inspiración, soy yo la que se convierte en errante cibernética por unas horas, hasta que mis pasos van encarrilándose, haciéndose más seguros y convergiendo en un camino definido, el que me lleva, por fin, a lo que buscaba; un tema del que hablar que, independientemente del interés que pueda despertar en quien se pasee por aquí, me interesa mucho a mí. Se trata de un debate que, a pesar del tiempo que lleva activo sigue suscitando opiniones para todos los gustos y planteo hoy aquí: ¿Los traductores somos creadores o recreadores?

Copio, a continuación, el texto que me ha traído de nuevo a la mente esta polémica disyuntiva. Está extraído de un libro sobre la enseñanza de la traducción literaria pero, en mi opinión, puede aplicarse, en mayor o menor medida, a cualquier tipo de traducción, porque no solo se crean o se recrean libros:

[…] La primerísima pregunta que conviene plantearse es saber si la traducción literaria es un arte o una ciencia, sin duda, se halla en la encrucijada de ambas y prefiero ir más allá y decir que es una mezcla de las dos. […]

Es un arte siempre y cuando se inscriba en ese momento especial, olvidado con tanta frecuencia, y sin embargo característico de cualquier arte: el aspecto artesano que implica una maestría, un dominio técnico […].

Dicho esto, además, el artista debe tener «algo que decir», pues, por muy virtuoso que sea, una forma sin contenido no es arte. Pero aquí podría decírseme que el traductor (literario) no tiene nada que decir ya que el contenido que debe verter a su lengua se lo ofrece otra lengua. De acuerdo, pero sin inspiración, es muy difícil traducir. Y quien dice inspiración dice necesidad de decir, de crear. Pero ¿Nosotros creamos? Sería más justo decir que lo que nosotros hacemos es «recrear» y sin embargo, ese pequeño «re» no disminuye en absoluto la parte de creatividad que nuestra actividad posee. […]

[Encuentros Complutenses en Torno a la Traducción, 24-29 de febrero de 1992. Editado por Margit Raders, Rafael Martín-Gaitero, Universidad Complutense de Madrid. Instituto Universitario de Lenguas Modernas y Traductores]

En concreto, estoy de acuerdo con la afirmación de que «sin inspiración, es muy difícil traducir». Y es por este convencimiento por lo que me atrevo a opinar que lo que arriba se dice es aplicable a cualquier tipo de traducción. Además, me lo demuestra mi experiencia profesional. Hasta ahora, jamás tuve la suerte de traducir un libro, sin embargo, ¡cuántas veces he rogado a las musas para que se me aparecieran y me echaran una mano con ese término que sé que existe pero que no encuentro! Por tanto, para mí, la compañía de la inspiración para trabajar es esencial, tanto si la traducción es literaria como si no. Y aquí enlazo ya con la pregunta que titula mi post: ¿Creadores o recreadores?

Si parto de la base de que no se puede traducir sin inspiración, aunque mi teoría esté única y exclusivamente fundada en mi experiencia objetiva y mi opinión subjetiva, tengo que afirmar que algo de creadores sí debemos de tener. No obstante, y seguro que aquí es donde muchos (a quienes animo a enriquecer mi opinión con la suya) disentirán conmigo, me considero más «recreadora». Y no digo esto contraponiendo la creación a la recreación y considerando esta segunda en inferioridad a la primera. No. Más bien creo que, teniendo muchos aspectos en común, son los que diferencian estas habilidades los que las hacen especiales e independientes.

Así, puede haber un magnífico creador al que no le resulte tan fácil recrear y lo mismo nos pasa a los recreadores. En mi opinión, la principal diferencia entre un creador y un recreador es la capacidad de someterse a las reglas. Es decir, mientras un creador parte de cero y no se plantea límites, un recreador parte de un texto y debe ser fiel a él. Debe tener la humildad de mantenerse en segundo plano, de dejar a un lado su punto de vista para que prevalezca el del autor (de nuevo recuerdo al lector que no piense solo en la traducción de libros), de autoimponerse la disciplina que le dicta el texto que tiene delante. Creo que la virtud del traductor, del recreador, es precisamente esa, la de poner su creatividad al servicio de la de otro. Por eso entiendo que son capacidades y actitudes distintas las que se necesitan para crear y para recrear y por eso digo que yo, como traductora, me siento recreadora, y a mucha honra.